
Casi al mismo tiempo que el éxito del oso de peluche de los Michtom comenzaba a consolidarse en Estados Unidos, la empresa alemana Steiff presentó su propia versión de este juguete. El oso, diseñado por Richard Steiff, sobrino de la fundadora Margarete Steiff, apareció por primera vez en 1902. Según la historia de la compañía, la idea surgió a partir de bocetos de animales que Richard había dibujado de niño. Estaba confeccionado en suave mohair y contaba con cabeza y extremidades móviles, una combinación que lo hacía mucho más expresivo que otros juguetes de la época.
Tras su presentación en la Feria del Juguete de Leipzig de 1903, un comprador estadounidense encargó 3.000 ejemplares, lo que abrió la puerta a la expansión internacional de la marca. A partir de entonces, el oso de Steiff empezó a ganar reconocimiento fuera de Alemania y, para 1906, ya también era conocido como “teddy bear”, aunque el origen exacto de ese nombre sigue siendo algo incierto. Lo que sí está documentado es el ritmo extraordinario de producción: solo en 1907, la empresa fabricó 974.000 osos de peluche.
Un juguete que pronto salió del escaparate
La popularidad del teddy bear no tardó en ir más allá de las jugueterías. En 1907, el compositor John Walter Bratton escribió The Teddy Bear Two-Step, una pieza que más tarde sería conocida como The Teddy Bear’s Picnic. El hecho de que un juguete inspirara música popular muestra hasta qué punto había entrado en la cultura cotidiana de la época.
Esa misma difusión también generó debate. En 1907, un ministro de Michigan llegó a describir estos osos de peluche como una “amenaza” para el país, con el argumento de que podían desalentar en las niñas el deseo de cuidar a bebés humanos. La reacción puede parecer exagerada hoy, pero refleja una preocupación real de principios del siglo XX: el papel de los juguetes en la educación moral y emocional de la infancia. El oso de peluche dejó de ser únicamente un objeto tierno para convertirse también en un símbolo capaz de provocar opiniones encontradas.

Roosevelt y el vínculo con el oso de peluche
Por su parte, Theodore Roosevelt recibió con simpatía el juguete que llevaba su apodo. En 1904 incluso lo utilizó como recurso en su campaña de reelección: mandó imprimir la figura del oso en botones promocionales y exhibió las creaciones de los Michtom en la Casa Blanca. Aquella decisión ayudó a consolidar todavía más la asociación entre el expresidente y el osito que había nacido a partir de un episodio de caza.
Roosevelt no se limitó a esa faceta pública. Incluso después de dejar la presidencia, mantuvo intacto su interés por la naturaleza y las expediciones. A lo largo de los años emprendió numerosos viajes y exploraciones, algunas menos arriesgadas que otras. Entre las más célebres se encuentra su travesía de 1913 por el río de la Duda, en la Amazonia, una experiencia que puso a prueba su resistencia física y su afán aventurero. Esa continuidad entre el personaje histórico y el imaginario del oso de peluche ayuda a explicar por qué el nombre “teddy” se mantuvo con tanta fuerza.
Con el paso del tiempo, el juguete dejó de ser una simple curiosidad comercial para convertirse en una figura cultural de larga duración. Su historia une política, industria, publicidad y vida doméstica, y muestra cómo un objeto pensado para entretener a los niños pudo terminar ocupando un lugar destacado en la memoria colectiva.
De regalo familiar a pieza de museo
Décadas después, el vínculo entre Roosevelt y el osito siguió vivo. En 1963, la Ideal Toy Company se puso en contacto con la familia Roosevelt para ofrecerles uno de los primeros ejemplares del teddy bear. El juguete acabó en manos de uno de los nietos de Theodore, Kermit Roosevelt, y en 1964 la familia decidió donarlo al Smithsonian National Museum of Natural History.
Esa donación cerró, de algún modo, el círculo de una historia que había comenzado con una caricatura política y un oso de caza en 1902. Desde entonces, el teddy bear ha seguido ocupando un lugar privilegiado en la cultura infantil, pero también en la historia de la industria del juguete. Su evolución demuestra cómo un objeto sencillo puede adquirir significados muy distintos con el tiempo: primero como símbolo de ternura, después como fenómeno comercial y, finalmente, como parte del patrimonio histórico de Estados Unidos.
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