El nacimiento de Luis XIII, en la intimidad de la monarquía


Cuando se visita el castillo de Fontainebleau, hay una estancia que llama enseguida la atención. Situada en los grandes salones de aparato, hasta finales del siglo XVI se conocía como el “Cabinet du roi” y después pasó a llamarse “salón Luis XIII”. El motivo es bien concreto: en esa sala la reina María de Médicis, segunda esposa de Enrique IV, dio a luz al futuro Luis XIII. Como recuerdo de aquel acontecimiento, el techo conserva un medallón pintado por Ambroise Dubois en el que aparece el joven Luis XIII, con un delfín bajo él, rodeado de varios ángeles que simbolizan el dolor, las lágrimas y la alegría que marcaron una jornada tan larga como decisiva. El nacimiento de los hijos reales estuvo siempre rodeado de secretos, ceremonias y tensiones. A partir del caso de Luis XIII, padre de Luis XIV, es posible acercarse a esos rituales y entender mejor lo que significaba traer un heredero al mundo en la Francia del siglo XVII.

El nacimiento de Luis XIII, fruto del matrimonio entre Enrique IV y María de Médicis

En diciembre de 1599, Enrique IV consiguió la anulación de su matrimonio con Margarita de Valois. Por motivos políticos y económicos, contrajo matrimonio por poderes con María de Médicis el 17 de diciembre de 1600 en Florencia. Ella era hija de Francisco I de Médicis y de Juana de Austria, y tenía 22 años menos que el rey. Más tarde, la pareja se reunió en Lyon y consumó la unión esa misma noche. El 27 de septiembre de 1601, apenas nueve meses después, María de Médicis dio a luz al futuro Luis XIII en el Cabinet du roi del castillo de Fontainebleau, ya que su habitación resultaba demasiado pequeña para un acontecimiento de esa magnitud.

El nacimiento de Luis XIII contado por Louise Bourgeois, partera de la reina

El relato de este nacimiento ha llegado hasta hoy gracias al testimonio de Louise Bourgeois, la partera de la reina. Hija de médico, esta mujer asistió a más de 2000 nacimientos a lo largo de su carrera y fue también la autora del primer libro de obstetricia. Trabajó en París, donde acudían a ella mujeres de todos los estamentos, y terminó convirtiéndose en la comadrona de confianza de María de Médicis, a quien asistió en seis partos a partir de 1601.

Un parto doloroso

Gracias a su relato, sabemos que a medianoche del 27 de septiembre de 1601 el rey mandó llamar a Louise Bourgeois porque la reina se sentía mal. La partera describe un parto acompañado de grandes sufrimientos. Hacia las cuatro de la madrugada, María de Médicis sufrió unos cólicos tan intensos que le impedían dar a luz. También se cuenta que, de vez en cuando, el rey hacía venir a los médicos para que examinaran a la reina, aunque era Louise quien les daba las mejores indicaciones para ayudarla. Además, recibió la ayuda de unas damas italianas de servicio que conocían bien los hábitos de María de Médicis.

El parto duró algo más de 22 horas. Enrique IV, atento como futuro padre, permaneció junto a su esposa durante todo el proceso: la sostenía, le hablaba y le besaba las manos para tranquilizarla. Louise Bourgeois subraya el extraordinario valor de la reina. Cuando los remedios consiguieron aliviar los cólicos, ella se esforzó por no gritar y quiso dar a luz sentada en una silla, para mantener una apariencia más majestuosa. En un último esfuerzo nació así Luis XIII, futuro rey de Francia.

Un parto público

El testimonio de Louise Bourgeois es valiosísimo porque permite conocer también el ritual que rodeaba el nacimiento de los niños reales en el siglo XVII. En el caso del primer hijo, el parto era público y se celebraba ante la presencia de las máximas figuras del reino. Cuando se acercaba el momento del alumbramiento, Enrique IV hizo llamar a tres de sus primos: los príncipes de Conti, de Soissons y de Montpensier. El rey incluso pensó que aquellos tres nobles serían “lastimeros” al ver sufrir a su esposa; según él, el príncipe de Conti creería que la partera estaba haciendo daño a María de Médicis, el príncipe de Soissons se angustiaría al permanecer allí durante el parto y el príncipe de Montpensier acabaría sin fuerzas. Todo ello sugiere que el parto público, aunque era una obligación para las reinas y un honor para los grandes del reino, no dejaba de resultar incómodo para todos los presentes.

Entre los asistentes también estaban:

  • Monsieur de la Rivière, primer médico del rey
  • Monsieur du Laurens, primer médico de la reina
  • Monsieur Hérouard, otro médico del rey
  • El señor Guide, segundo médico de la reina
  • Monsieur Guillemeau, cirujano del rey
  • Y, por último, Catalina de Borbón, hermana de Enrique IV, y Madame de Nemours, que completaban la lista de invitados más distinguidos al parto de la reina.

El ceremonial en torno al nacimiento real

A la relación de invitados se sumaba la preparación de una auténtica sala de parto. Louise Bourgeois detalla de nuevo cómo se acondicionó el Cabinet du roi, con una cama de terciopelo rojo carmesí bordado en oro. Junto a ella se disponía una cama de trabajo, y alrededor se colocaban una silla, asientos plegables y taburetes para médicos y observadores. Cuando el nacimiento era inminente, se pedía a los príncipes que trajeran la silla de parto: una silla de madera con un orificio en el asiento, destinada a facilitar la labor de la partera en el momento de recibir al bebé.

El nacimiento de Luis XIII, un alivio para Enrique IV y María de Médicis

El nacimiento de los bebés reales en el siglo XVII mezclaba alegría y tensión en partes iguales. La misión de una reina no consistía solo en aportar una dote cuantiosa o nuevas tierras que reforzaran el poder del monarca; también debía dar un heredero varón, porque únicamente los niños podían acceder al trono y asegurar la continuidad dinástica. Una reina podía incluso ser repudiada si no lograba dar a luz a un hijo. A eso se sumaba otro riesgo nada menor: tanto la madre como el recién nacido podían morir durante el parto.

La última palabra: El alivio fue, por tanto, enorme con el nacimiento de Luis XIII, y Louise Bourgeois lo explica con claridad al contar que el rey estaba muy inquieto por la posibilidad de que el bebé fuera niña, hasta el punto de creer en un primer momento que así era. Cuando supo por boca de Louise que su hijo era varón, la alegría y el alivio se apoderaron de él: juntó las manos, dio gracias a Dios y unas grandes lágrimas le corrieron por las mejillas. María de Médicis, debilitada, recibió también la noticia con una sonrisa amplia.

El relato del nacimiento de Luis XIII es, en definitiva, un testimonio excepcional de la época, que permite comprender mejor los mecanismos, las expectativas y los temores que rodeaban un nacimiento real en el siglo XVII. Y si este parto de María de Médicis despierta interés, Louise Bourgeois describió con detalle en una obra sus observaciones sobre los otros cinco alumbramientos de la reina. Su prestigio, sin embargo, se vería ensombrecido más tarde tras la muerte de María de Borbón-Montpensier, esposa de Gastón de Orleans, durante el parto, en un episodio por el que fue acusada de negligencia.

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