Frente a la Estatua de la Libertad, Ellis Island fue durante décadas la puerta de entrada de quienes llegaron a Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Entre 1892 y su cierre en 1954, la estación de inmigración de Ellis Island tramitó a más de 12 millones de personas, en un proceso que marcó de forma profunda la composición cultural del país. Hoy, la isla conserva una historia tan influyente como compleja. Su papel en la historia estadounidense puede entenderse mejor a través de algunos datos clave.

La isla tuvo al menos siete nombres distintos
Antes de la colonización europea de Norteamérica, los pueblos mohegan conocían Ellis Island como Kioshk, es decir, “isla de las gaviotas”. En 1630, los neerlandeses la compraron y la llamaron Little Oyster Island por la abundancia de ostras en la zona. Más adelante, durante el siglo XVIII, la isla quedó asociada a varias ejecuciones y recibió el apodo de Gibbet Island, término relacionado con la horca. Con el tiempo también fue conocida como Bucking Island, Dyre Island y Anderson’s Island.
El nombre actual llegó en 1774, cuando Samuel Ellis adquirió la tierra y abrió una taberna en este pequeño terreno rodeado de agua y barro. Tras su muerte en 1794, la isla siguió en manos de su familia hasta 1806. Ese año fue vendida a John A. Berry, quien posteriormente la traspasó al gobierno de Estados Unidos en 1808. Mucho antes de convertirse en un símbolo de la inmigración, ya había pasado por manos privadas, usos muy distintos y una sucesión de nombres que reflejan su evolución a lo largo del tiempo.

La inspección duraba medio día y no todos lograban pasarla
Para los inmigrantes europeos que desembarcaban con buena salud y documentación en regla, el proceso de inspección solía prolongarse unas seis horas. No se trataba solo de una revisión médica: también incluía pruebas físicas, un examen de lectura y una batería de preguntas pensadas para evaluar la admisibilidad de cada persona. Entre ellas había cuestiones sobre si ya tenían familiares en Estados Unidos, si habían estado en prisión o si eran anarquistas.
Este tipo de interrogatorio no era casual. La gran ola migratoria que pasó por Ellis Island coincidió con un periodo de creciente temor al comunismo y a la anarquía en Estados Unidos, y ese clima influyó en la manera en que se examinaba a quienes llegaban. Según las fuentes citadas, hasta un 20% de las personas que entraban en la isla quedaban retenidas por motivos políticos, legales o de salud. Alrededor del 2% era devuelto a su lugar de origen.
La experiencia en Ellis Island podía ser decisiva incluso para quienes habían cruzado el Atlántico tras un viaje largo y agotador. Un papel incompleto, una enfermedad sospechosa o una respuesta que levantara dudas bastaban para cambiar el rumbo de su llegada. Por eso, la isla no solo funcionó como centro de recepción, sino también como filtro administrativo y sanitario en una época en la que la inmigración estaba estrechamente vigilada. Para millones de personas, el paso por allí fue el último obstáculo antes de empezar una nueva vida; para otras, supuso una espera incierta o incluso la deportación.
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