6 selfies más antiguos de la historia


En 2023, Paris Hilton afirmó de manera rotunda que había ideado el selfie. Lo hizo en publicaciones de Instagram y X, donde compartió fotografías de 2006 en las que posaba junto a Britney Spears y escribió: “17 years ago, I invented the selfie.” No está claro si lo decía en serio o en tono de broma, pero sí hay algo seguro: Paris Hilton no inventó el selfie en 2006. De hecho, todo apunta a que la primera imagen que podría encajar en esa idea se tomó casi 150 años antes de que ella naciera. Además, la propia palabra “selfie” ya estaba documentada en 2002, y probablemente circulaba antes.

La historia del selfie no empieza con los teléfonos inteligentes ni con las redes sociales. Si se entiende como un autorretrato fotográfico hecho por la propia persona retratada, sus antecedentes se remontan a los inicios mismos de la fotografía. Mucho antes de que resultara sencillo encuadrarse con una cámara frontal y repetir la toma tantas veces como hiciera falta, ya hubo quienes experimentaron con la posibilidad de fotografiarse a sí mismos. Algunos lo hicieron por curiosidad técnica; otros, por simple deseo de verse reflejados en un medio nuevo que acababa de nacer.

A continuación repasamos algunas de las primeras fotografías que pueden considerarse selfies, desde los antiguos daguerrotipos hasta las instantáneas de Kodak a comienzos del siglo XX.

Credit: World History Archive/ Alamy Stock Photo

Robert Cornelius

En 1839, Robert Cornelius se colocó delante de una cámara improvisada en el patio del negocio de alumbrado de gas de su familia, en Filadelfia. Tomó la fotografía y luego permaneció inmóvil entre 10 y 15 minutos para que el proceso del daguerrotipo recibiera la exposición necesaria. El resultado fue un autorretrato singular: un hombre de apariencia enérgica, con el cuello de la camisa levantado con elegancia, captado mediante una cámara equipada con un objetivo de vidrio de ópera. Para la época, era una hazaña técnica notable, más aún si se piensa que apenas habían pasado algo más de diez años desde que el inventor francés Nicéphore Niépce realizó “View From the Window at Le Gras”, considerada la fotografía conservada más antigua del mundo.

La imagen de Cornelius suele citarse como el primer retrato fotográfico conservado de la historia y, por extensión, como el primer selfie. No se trata solo de una curiosidad retrospectiva: su foto resume muy bien el origen de este gesto tan actual. En ella ya están presentes la autoobservación, la intención de controlar la propia imagen y la voluntad de dejar constancia de uno mismo. Cambia la tecnología, pero la pulsión es reconocible. Lo que hoy se hace en segundos con un móvil, en 1839 exigía paciencia, preparación y una buena dosis de audacia.

También conviene recordar que la fotografía de Cornelius no nació como un simple juego. En los primeros años de la fotografía, cada imagen requería experimentación, cálculo y un dominio limitado pero preciso de la técnica. Las exposiciones largas obligaban al retratado a permanecer casi inmóvil, y eso convertía cualquier autorretrato en un pequeño desafío. Por eso, cuando se habla de los orígenes del selfie, en realidad se está hablando de una larga evolución: primero vino la posibilidad de retratarse, después la de repetir ese gesto con cierta facilidad y, mucho más tarde, la de convertirlo en un hábito cotidiano y masivo.

De los daguerrotipos a Kodak

Los primeros autorretratos fotográficos no fueron abundantes, pero sí resultaron decisivos. El daguerrotipo hacía posible fijar una imagen sobre una superficie metálica, aunque el procedimiento era delicado y poco práctico. Eso explica por qué estos ejemplos tempranos son tan valiosos: muestran a personas que entendieron la cámara no solo como una herramienta para registrar el mundo, sino también para registrar su propia presencia en él. En ese sentido, los selfies más antiguos no son un capricho moderno, sino la continuación de una idea que estuvo ahí desde el principio.

Con la llegada de cámaras más manejables y de procesos fotográficos menos complejos, el autorretrato empezó a resultar más accesible. A comienzos del siglo XX, las cámaras Kodak ayudaron a popularizar la fotografía doméstica y a acercarla a un público mucho más amplio. Ya no hacía falta un equipo tan especializado ni un conocimiento técnico tan avanzado para capturar una imagen personal. Ese cambio abrió la puerta a una nueva relación con la fotografía: más espontánea, más cercana y más diaria. En cierto modo, fue el terreno que permitió que, décadas después, el selfie se convirtiera en una práctica habitual.

Aunque el término “selfie” es reciente, la costumbre que nombra tiene una historia larga. Cada generación ha encontrado su propia manera de fotografiarse y de presentarse ante los demás. En la actualidad, la cámara frontal y la inmediatez digital han simplificado el proceso hasta volverlo casi automático. Sin embargo, la lógica de fondo sigue siendo parecida a la de Robert Cornelius en 1839: mirar hacia la cámara, decidir cómo aparecer y fijar un instante propio antes de que desaparezca.

Por eso, cuando alguien reclama haber inventado el selfie, la respuesta histórica es bastante clara. La palabra puede ser moderna, las plataformas que lo difunden también, pero la idea de capturar la propia imagen lleva casi dos siglos acompañándonos. Y entre todas las pruebas conservadas, la de Robert Cornelius sigue ocupando un lugar especial: no solo por su antigüedad, sino porque en ella ya se reconoce, de forma sorprendentemente contemporánea, el gesto de una persona que quiso verse y dejarse ver.

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