
Humanos y animales han combatido juntos desde tiempos prehistóricos. Los perros han sido durante siglos compañeros leales en la paz y en la guerra, mientras que caballos, camellos, elefantes y otras monturas ayudaron a decidir algunas de las batallas más importantes de la historia.
En la época moderna, sobre todo durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, los animales desempeñaron un papel esencial en el combate, el transporte y la comunicación, sin olvidar a las numerosas mascotas militares que ayudaron a mantener alta la moral en los momentos más duros. Se calcula que solo en la Primera Guerra Mundial sirvieron más de 16 millones de animales en estas distintas tareas. Entre ellos hubo perros audaces, palomas mensajeras valientes y hasta un oso travieso convertido en símbolo de una unidad.

Rags, el terrier escocés-irlandés
En 1918, mientras caminaba por las calles de París, el soldado raso James Donovan vio lo que parecía un montón de trapos. Pero cuando aquel bulto se movió, descubrió que era un pequeño terrier escocés-irlandés abandonado en la cuneta. Donovan lo adoptó y el perro empezó a seguirlo a todas partes. Con el tiempo, Rags se convirtió en la mascota de la 1.ª División de Infantería de Estados Unidos. Sin embargo, fue mucho más que un simple talismán de campaña.
Donovan le enseñó a llevar mensajes sujetos a su collar a través de la línea del frente, esquivando la artillería mientras corría. También guiaba a los sanitarios hasta los heridos y, gracias a su fino oído canino, podía alertar a su unidad de la llegada de obuses. Además, aprendió a saludar levantando la pata delantera derecha, un detalle que reforzó todavía más su fama entre los soldados.
El 9 de octubre de 1918, Rags y Donovan quedaron atrapados bajo el fuego de la artillería alemana y proyectiles de gas. Rags sufrió heridas en la pata delantera derecha, la oreja derecha y el ojo derecho, además de intoxicación leve por gas; Donovan resultó herido con mayor gravedad. Ambos recibieron atención médica, pero solo el perro logró sobrevivir. Sus compañeros de unidad y otros soldados que conocían sus hazañas se aseguraron de que regresara sano y salvo a territorio estadounidense. Allí vivió como un animal célebre hasta su muerte, a los 20 años.

Warrior, el semental
Cuando el general Jack Seely dejó su casa en 1914 para asumir el mando del Canadian Cavalry Corps, su querido semental de pura sangre, Warrior, lo acompañó al Frente Occidental. Así comenzó una de las historias animales más extraordinarias de la Primera Guerra Mundial. Durante los cuatro años siguientes, Warrior participó en algunas de las batallas más feroces y decisivas de la Gran Guerra. Estuvo en el Somme, Ypres, Cambrai y Passchendaele, y en 1918 encabezó una carga de caballería contra los alemanes en Amiens, una batalla clave para acelerar el final de aquel conflicto devastador.
Warrior nunca se rindió, ni siquiera cuando quedó enterrado en el barro y entre escombros, atrapado en establos en llamas o avanzando bajo intensos bombardeos de ametralladoras y morteros. No es extraño que terminara siendo conocido como “el caballo que los alemanes no podían matar”. Tras sobrevivir a todo aquello, Warrior y Seely regresaron a la isla de Wight, donde el famoso semental llevó una vida tranquila hasta su muerte en 1941, a los 32 años.
En 2014, un siglo después del inicio de la Gran Guerra, Warrior recibió de forma póstuma la PDSA Dickin Medal, también conocida como “la Cruz Victoria de los animales”, el mayor reconocimiento que puede recibir un animal en Gran Bretaña por actos de valentía al servicio de un conflicto militar. Warrior es el único galardonado que precede a la creación de la medalla, instituida en 1943, y fue elegido para recibir este honor en nombre de todos los animales que sirvieron con valentía en la Primera Guerra Mundial.
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