Robert Altman llegó a decir que la idea de su película más extraña se le apareció en un sueño mientras su esposa estaba hospitalizada, y esa clase de origen onírico encaja por completo con el resultado. Aunque el título parece prometer un retrato coral, 3 Women funciona en realidad como una pieza mucho más íntima y enrarecida, centrada en dos mujeres llamadas Mildred: una es Millie, interpretada por Shelley Duvall, y la otra es Pinky, a cargo de Sissy Spacek. Sus vidas se cruzan en el desierto de California y, a partir de ese encuentro, la película se desliza hacia una extrañeza cada vez más inquietante.
Lo interesante es que Altman no aborda este vínculo desde el realismo convencional, sino desde una lógica de espejos, desplazamientos y vacíos emocionales. La relación entre ambas protagonistas recuerda, por su forma de explorar la identidad y la fusión psicológica, a obras como Persona, de Ingmar Bergman, o Mulholland Drive, de David Lynch. En todas ellas, las personalidades parecen reflejarse unas en otras hasta perder sus límites. En 3 Women, esa sensación de desdoblamiento se convierte en la verdadera materia narrativa: más que contar una historia lineal, la película observa cómo dos mujeres se contaminan mutuamente hasta formar algo inquietante, oscuro y difícil de definir.

Days of Heaven (1978)
Terrence Malick irrumpió con fuerza en 1973 gracias a Badlands, un drama de fugitivos enamorados que no solo reveló a un cineasta singular, sino que también impulsó las carreras de Martin Sheen y Sissy Spacek. Si aquel debut ya había resultado llamativo, Days of Heaven llevó todavía más lejos su sensibilidad visual y su forma tan particular de construir relatos. Malick trabaja con una metodología muy libre, rodando horas de material y encontrando muchas veces la estructura final en la sala de montaje, y aquí esa forma de trabajar se traduce en una película de una belleza casi irreal.
Gran parte de esa impresión visual nace de la decisión de rodar casi exclusivamente durante la llamada hora mágica, ese breve intervalo alrededor del atardecer en el que la luz adquiere un tono cálido y pictórico. Los directores de fotografía Néstor Almendros y Haskell Wexler captaron esa luminosidad con una delicadeza excepcional, y el resultado se ve reforzado por la partitura de Ennio Morricone, cuya música aporta una hondura emocional inolvidable. Todo en la película parece suspendido en una especie de hechizo visual y sonoro.
Ambientada en 1916, la historia sigue a Bill y Abby, interpretados por Richard Gere y Brooke Adams, una pareja errante que huye de Chicago hacia el Panhandle de Texas. Allí deciden presentarse como hermanos para engañar a un granjero rico y enfermo, interpretado por Sam Shepard, y hacer que se enamore de Abby con la esperanza de heredar su fortuna. Lo que podría parecer un simple triángulo melodramático se convierte, en manos de Malick, en una meditación sobre el deseo, la mentira, la fugacidad de la belleza y la dureza de la vida rural.
A ese viaje se suma Linda, la hermana pequeña de Bill, interpretada por Linda Manz, cuya voz en off aporta una de las presencias más memorables de la película. Su narración tiene una cualidad poética y a la vez ingenua, como si observara el mundo desde una distancia emocional que le permite captar su extrañeza con precisión involuntaria. “The sun looks ghostly when there’s a mist on a river and everything’s quiet”, dice en una escena; en otra, afirma: “You’re only on this Earth once. And I — to my opinion, as long as you’re around, you should have it nice.” Ese contraste entre la crudeza de la vida y la belleza de la mirada infantil refuerza el tono elegíaco del filme.
Days of Heaven se estrenó en el Festival de Cannes, donde Malick recibió el premio al mejor director. Más tarde fue nominada a cuatro premios Óscar y Almendros ganó el de mejor fotografía. Con el paso del tiempo, la película ha quedado instalada en el canon de las grandes obras visuales del cine, y no es difícil entender por qué: cada plano parece construido con una atención casi pictórica al color, la luz y el movimiento. Más que narrar una historia, Days of Heaven invita a contemplar un mundo que se desliza entre la promesa y la pérdida, entre la belleza y la desolación.
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