
Durante gran parte de la historia de Estados Unidos, los inventores negros tuvieron que avanzar en un terreno desigual. En muchos casos no pudieron patentar sus ideas, o sus logros acabaron atribuidos a otras personas. Hasta la abolición de la esclavitud en 1865, el sistema de patentes estadounidense ni siquiera estaba disponible para las personas esclavizadas, porque no eran consideradas ciudadanos estadounidenses. Y, aunque la esclavitud terminó, las trabas siguieron existiendo durante décadas por la discriminación racial.
Un ejemplo claro es el de Ellen Eglin, mujer afroamericana que trabajaba como empleada doméstica en Washington, D.C., e inventó una mejora para el escurridor de ropa. En 1888 decidió vender su invento por 18 dólares en lugar de solicitar una patente que quizá le habría dado mayores beneficios. En una entrevista con The Woman Inventor, explicó el motivo con una frase reveladora: “Usted sabe que soy negra y que, si se supiera que una mujer negra patentó la invención, las mujeres blancas no comprarían el escurridor”.
A pesar de esas barreras, muchos inventores negros realizaron aportaciones decisivas a la ciencia, la tecnología y la vida cotidiana. Sus ideas ayudaron a construir el mundo moderno, aunque sus nombres no siempre hayan recibido la atención que merecen. Estas son cinco figuras cuya historia conviene recordar con más detalle.

Garrett Morgan
Garrett Morgan abrió camino para otros inventores negros gracias a dos creaciones que salvaron innumerables vidas. En 1911, después de conocer el incendio de una fábrica en el que murieron 146 trabajadores textiles, comenzó a diseñar una nueva clase de capucha de seguridad para bomberos, pensada para facilitar la respiración en entornos llenos de humo. Patentó el dispositivo en 1914 y, poco después, fue adquirido por unas 500 ciudades del norte de Estados Unidos, además de por la Armada y el Ejército estadounidenses para su uso durante la Primera Guerra Mundial.
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Inmigración a Estados Unidos en 2026: tendencias y oportunidadesEn 1916, Morgan utilizó esa capucha para ayudar en el rescate de trabajadores atrapados tras el derrumbe de un túnel bajo el lago Erie, aunque en un primer momento el mérito recayó sobre todo en los hombres blancos que entraron después en el túnel. Más tarde, el inventor presenció una colisión estremecedora entre un carruaje tirado por caballos y un automóvil en un cruce muy transitado de Ohio. Aquella escena lo llevó a idear un semáforo de accionamiento manual, con una estructura en forma de T y brazos móviles que indicaban cuándo detenerse, avanzar o parar el tráfico en todas las direcciones. Ese mecanismo fue un antecedente directo de los semáforos modernos. Morgan patentó el diseño en 1923 y lo vendió a General Motors por 40.000 dólares, una suma que hoy equivaldría a más de 700.000 dólares.
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