
Los hábitos alimentarios de los estadounidenses han cambiado mucho a lo largo de la historia del país. Y, del mismo modo que el desayuno, el almuerzo o la cena se han transformado con el tiempo, también lo han hecho los postres. Lo que hoy se considera normal en una mesa dulce no se parece demasiado a lo que preparaban nuestros abuelos o bisabuelos.
A finales del siglo XIX y principios del XX, los postres estaban condicionados por una realidad muy distinta de la actual. Durante buena parte del siglo XX, en muchas zonas de Estados Unidos no era fácil acceder a alimentos frescos durante todo el año. A eso se sumaban las crisis económicas, el racionamiento y las épocas de escasez estacional. En ese contexto, cocinar exigía ingenio: había que aprovechar lo que fuera asequible, disponible o ya estuviera en la despensa para convertirlo en algo agradable. Algunos de aquellos dulces fueron durante décadas habituales, pero hoy casi han desaparecido.
Junket
Durante buena parte de finales del siglo XIX y comienzos del XX, un postre cremoso parecido a una crema cuajada, conocido como junket, fue muy común en las mesas estadounidenses. Su origen se remonta a Europa medieval. Se elaboraba calentando suavemente leche y dejándola cuajar con cuajo animal, una enzima utilizada tradicionalmente en la elaboración del queso. No necesitaba horno, tampoco huevos y apenas requería azúcar. Bastaba con añadir un poco de nuez moscada o vainilla para darle sabor. El resultado era un dulce delicado, con una textura situada entre el pudin y una gelatina temblorosa.
El despegue de este postre en Estados Unidos comenzó alrededor de 1886, cuando la empresa danesa Chr. Hansen’s Laboratory empezó a vender tabletas de cuajo en una caja que incluía una receta de junket. A partir de ahí, su presencia fue creciendo. A principios del siglo XX ya circulaban tanto las tabletas como mezclas en polvo ya endulzadas y aromatizadas, que simplificaban todavía más la preparación al eliminar la necesidad de añadir azúcar, vainilla o nuez moscada por separado. Recetas y anuncios aparecían con frecuencia en los periódicos, y el postre se presentaba como nutritivo y fácil de digerir. Por eso se recomendaba especialmente para niños o para personas en recuperación.
También ayudó a su popularidad el hecho de que fuera un postre práctico en hogares donde se valoraba aprovechar al máximo los ingredientes. No exigía técnicas complicadas ni una lista larga de productos, algo muy útil en épocas en las que la cocina cotidiana estaba marcada por la austeridad. El junket encajaba bien en ese mundo doméstico: era económico, sencillo y podía prepararse sin demasiada planificación.
Sin embargo, su presencia fue perdiendo fuerza con el paso de las décadas. En los años setenta, el junket había quedado prácticamente relegado por completo. Los postres refrigerados, como Jell-O, y los pudines en caja ocuparon su lugar en la despensa y en la rutina familiar. Aunque no desapareció del todo, hoy sobrevive sobre todo como un producto de nicho que puede encontrarse en algunas tiendas especializadas.
La historia del junket resume bien cómo cambian los gustos y también las costumbres domésticas. Un postre que en otro tiempo resultó práctico, asequible y hasta moderno terminó quedando como una curiosidad histórica, asociada a una época en la que cocinar significaba, ante todo, aprovechar lo que se tenía a mano.
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